La noción de antihéroe se
emplea para definir al personaje que,
en una historia, exhibe conductas y características que no coinciden con las presentadas por los
héroes convencionales. De esta forma, aunque sus acciones pueden ser
consideradas heroicas, sus procedimientos y propósitos no lo son.
Supongamos que un automóvil está a punto de
atropellar a un niño cuando un ebrio tropieza y, sin querer, lo empuja,
salvándole la vida ya que lo desplaza del camino por donde avanzaba el
vehículo. El acto es calificado como heroico: implica la salvación casi
milagrosa del pequeño. El protagonista de la acción, sin embargo, no
tuvo intención de rescatarlo. En otro contexto, de hecho, que haya empujado a
un niño sería condenable. Por eso puede afirmarse que el ebrio es un antihéroe.
En la ficción,
muchas veces el antihéroe es egoísta, ermitaño, arisco y desalmado hasta que su
accionar heroico funciona como redención.
Con el reconocimiento social y una nueva concepción de sí mismo, el antihéroe
se convierte y termina el relato en una posición cercana a la de un héroe
tradicional.
La idea de
antihéroe también se utiliza para nombrar al personaje
que no dispone de las cualidades que se atribuyen a los héroes, aunque sus
objetivos y logros son los mismos. Por lo general los héroes son
valientes, fuertes y bellos: el antihéroe carece de estos atributos. Un joven
cobarde y obeso que, gracias a su esfuerzo, consigue salvar a su pueblo al enfrentarse
a un villano puede ser considerado un antihéroe.
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